Tiempo de silencio

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Dos meses después de dejar la radio (en realidad ella me dejó a mi), hago balance. Tal y como me temía no ha sido tan traumático. He recuperado en este tiempo no solo mi ritmo biológico sino también parte de mis sentidos, últimamente un poco atrofiados.Es como cuando dejas de fumar. Sientes que poco a poco vuelves a disfrutar de los sabores y a distinguir los olores como antes de haber caído en la adicción.

Dos meses sin ir a la radio me han dado para mucho. Esa es la sensación que tengo, aunque en realidad no he hecho grandes cosas. No me he pegado un gran viaje, no he cambiado de amigos ni de forma de vida. Todo sigue exactamente igual y completamente distinto.
Qué cosas. Quedarse sin trabajo después de tantos años en ésto, tiene su lado positivo. Como casi todo. Hay cosas que es mejor que se acaben, porque no son buenas, porque no van a ninguna parte, porque no te hacen crecer sino que te restan energía y te amargan la vida. Los finales no tienen porqué ser momentos dramáticos si se saben vivir con perspectiva. Los finales no son sino el paso previo al inicio de algo nuevo. Algo que puede llegar a ser mejor que lo que dejas atrás y que desde luego te ofrece nuevas oportunidades. Reconozcámoslo. Cuando el camino se tuerce es mejor parar, reflexionar , tratar de enderezarlo y si no es posible, abandonarlo definitivamente,

En este estado de alivio por un trabajo que no avanzaba y por fin se terminó, he podido tomar más conciencia del mundo exterior. Ese que hay al otro lado de los cristales de una redacción.

Viviendo como la gente normal, llevando al colegio a los niños, comprando en el mercado y en la ferretería , viajando en metro o paseando por la calle (todo ésto sin contar los segundos que faltan para las señales horarias) me he dado cuenta de la enorme distancia que separa a nuestra profesión de la sociedad. Resulta que no son solo los politicos los que viven en otro mundo. Somos también nosotros, los periodistas, los que informamos día a día de un montón de cosas que no interesan a nadie, bombardeando literalmente a la gente con asuntos que solo nos “ponen” a nosotros. Por el contrario, dejamos de hablar de muchas de las cosas que preocupan sobremanera a los ciudadanos y hemos desaparecido prácticamente de la calle para encerrarnos en despachos o salas de prensa. Liberada del yugo de la actualidad que nos marcan los politicos, los partidos y las grandes empresas, creo que aquellos que de verdad amamos nuestra profesión debemos replantearnos la manera en la que la ejercemos en estos tiempos tan difíciles. Estar tan alejados resulta sencillamente indecente.

Quizá esta sea una de las razones por las que no estoy viviendo estos momentos de descanso con dramatismo sino con esperanza e incluso emoción. Porque hay posibilidades de cambiar todo ésto, de reorientar el camino. Y me hago preguntas :¿Qué tal si recuperamos el oficio, el criterio, el fin social, la independencia?.¿Qué tal si aprovechamos este momento en el que miles y miles de periodistas nos hemos quedado sin trabajo para reflexionar sobre la profesión y sobre la sociedad en la que vivimos y poner nuestro granito de arena para salir mejores de ésta?.¿Qué tal si contribuímos al cambio en vez de dejarnos llevar?

Mientras preparo mi vuelta al camino, pienso que no quiero perder este tiempo de conciencia. Conciencia sobre el mundo real y sobre mi mundo en particular. Quiero estar con las personas a las que quiero , cuidarlas, regalarlas lo mejor de mi. Y para ello necesito sentirme tranquila y contenta con lo que hago. Quiero cambiar las cosas y que las cosas dejen de marcar mis tiempos, mi vida, mis afectos. Sí, lo sé. No sera fácil. Lo realmente valioso nunca lo es.

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Maruja es violinista

berthon-paul-reproduction-of-a-poster-advertising-violin-lessons-rue-denfert-rochereau-paris-1898Maruja tiene la piel blanca y fina. Es una mujer delgada, mayor (no sé decir de qué edad) , con un rostro hermosamente envejecido y una melena blanca recogida en una coleta baja. Lleva una blusa bien abrochada hasta el cuello. Falta, chaqueta y zapato plano.

Al entrar en la sala nos ha visto y tras mirar de reojo ha escogido sitio. Se ha sentado junto a Mario, Se ha enamorado de él. Me doy cuenta a los diez segundos. No ha sido difícil.

-Me voy a sentar al lado de este chico tan guapo…qué ojos tienes , qué sonrisa, pero ¡qué guapo eres!

Mario sonríe y me mira buscando respuestas (pero…¿quién es esta señora? ¿qué quiere?)

Hemos ido a ver al abuelo y Maruja se ha metido en la conversación sin permiso, deslumbrada por mi hijo.

-A mi me encantan los niños. Mucho más que los mayores que son muy aburridos.

Le cuenta a Mario que trabajaba en una orquesta y que jugaba con los hijos de sus compañeros (ella al parecer no tiene hijos). Ella tocaba el violín. Es músico. Nos lo cuenta como quien dice que es panadero.

-Narciso Yepes es muy amigo mio. Una vez fue a verme a un pueblo donde tocaba la orquesta y causó sensación. El toca (en presente) muy bien la guitarra -y se rasca el abdomen con una mano mientras imita el sonido del instrumento-.

Hace una pausa y me mira. Y me pregunta: – ¿tú crees que le he caído bien?

-Sí, claro-contesto con una sonrisa- Me encanta la música -añado, por meterme en la conversación-.

-Sí, es muy bonita-y se vuelve ya hacia Mario-. Pareces un chico muy listo y muy bueno. ¿Te gustan las matemáticas?

-Sí- dice un Mario algo agobiado ya-. Me gustan mucho.

Y Maruja se ríe y  le agarra la cara con las dos manos y lo besa. Es que ya lo sabía ella, porque tiene muy buena mano con los niños y enseguida se ha dado cuenta de que Mario es muy especial. Yo sonrío encantada de ver feliz a la señora con tan poca cosa, satisfecha de estar contribuyendo a que tenga un buen rato y encantada de ser la madre de una criatura tan maravillosa (yo pienso lo mismo).

-¿Te caigo bien? Sí, yo creo que sí-dice con sus ojos marrones fijos en el niño.

-Narciso Yepes es muy amigo mío. A mi se me dan muy bien los niños. ¿Te gusta la música? Tú y yo tenemos que hablar…Yo puedo enseñarte.

Mario le dice que le gustaría tocar la guitarra, aunque Maruja toca (al menos tocaba, no sé ahora) el violín.

-A mi me gusta mucho el piano, el violín y el chelo- sigo intentando meterme en la conversación pero a mi no me hace ni caso-.

Es la hora de irnos. “Sí, Maruja, le has caído muy bien”. Me lo ha preguntado no sé cuántas veces. Está claro que algo falla en su memoria. Aunque recuerda la música y a Yepes. Y a los niños. Le gustan mucho los niños y tocar el violín.

Es la hora de cenar para los abuelitos. Tenemos que llevar a mi padre al comedor. Nos vamos Maruja con la música a otra parte. No sé si el próximo día que nos veas te acordarás de mi, aunque tengo claro que sí lo harás de Mario. Hay personas, cosas y sensaciones que no se olvidan en la vida, porque te conmueven, te rasgan, te ponen los pelos de punta, te emocionan. Como la música.

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Adiós verano, adiós…

Ya está. Se nos va otro verano, así, sin darnos cuenta…Tengo la sensación de que los años con sus primaveras, veranos, otoños e inviernos pasan cada vez más rápidos. Los míos se me escapan entre los dedos en éste no parar de vida que llevo. No me aburro, no, aunque últimamente me gustaría. Me gustaría quedarme quieta, no preocuparme ni de nada ni de nadie. Solo de mi. O ni eso.

El caso es que el tiempo pasa volando y yo quisiera detenerlo a veces y recrearme sobre todo en esos momentos sencillos, cálidos, íntimos. Y en los que siento la felicidad de las personas que quiero. Ojalá pudiera parar el tiempo y estirar, estirar y estirar esos momentos. Pero no es así. Hay que seguir. Continuar con la vida, las responsabilidades y claro, con los sueños. Qué seríamos sin ellos.

Yo ahora sueño a partir del verano. Sí. Últimamente el verano es mi año nuevo. Tras las vacaciones y el descanso, pongo las cosas en orden, hago limpieza, me planteo las cosas que deseo y renuevo ilusiones.

Han cambiado mi vida, mi ritmo, mis expectativas…Quienes me conocen bien y saben mi historia tendrán alguna pista. Al resto, la inmensa mayoría, solo explicarles que a veces nos pasan cosas que nos cambian para siempre. Que marcan un antes y un después de ti. Que te convierten en otra.

A las puertas del otoño, soy una mezcla extraña de ganas y cansancio, de amor y desamor, de creencia y ateísmo, de ilusión y desencanto. Una mezcla de preocupación y pasotismo, de sabiduría e ignorancia absoluta. De juventud y vejez. Una mezcla de todo y de nada.

Vamos, que comienza otro otoño calentito, y no hablo de economía (aquí no, éste es mi respiro). Los poquitos que me conocen bien saben que en realidad es donde me encuentro en mi salsa, en situaciones complejas e intensas. No hay nada peor que la falta de pasión y el aburrimiento. Antes muerta.

Pues nada. Todo ésto para decir que se acabó el verano, que quiero mucho a Paqui y a Dan, a María y a Paco y que os deseo toda la felicidad del mundo, y que espero ser testigo de ella, más cerca o en la distancia, da igual, mi corazón no conoce distancias.

No se porqué me da que me vais a dar muchos más momentos felices y estoy ansiosa de disfrutarlos con vosotros. Sois algunos de los responsables de que siga creyendo y levantándome cada mañana y cada vez con más ilusión. Feliz año nuevo.ImagenImagen

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Adiós verano, adiós…

Ya está. Se nos va otro verano, así, sin darnos cuenta…Tengo la sensación de que los años con sus primaveras, veranos, otoños e inviernos pasan cada vez más rápidos. Los míos se me escapan entre los dedos en éste no parar de vida que llevo. No me aburro, no, aunque últimamente me gustaría. Me gustaría quedarme quieta, no preocuparme ni de nada ni de nadie. Solo de mi. O ni eso.

El caso es que el tiempo pasa volando y yo quisiera detenerlo a veces y recrearme sobre todo en esos momentos sencillos, cálidos, íntimos. Y en los que siento la felicidad de las personas que quiero. Ojalá pudiera parar el tiempo y estirar, estirar y estirar esos momentos. Pero no es así. Hay que seguir. Continuar con la vida, las responsabilidades y claro, con los sueños. Qué seríamos sin ellos.

Yo ahora sueño a partir del verano. Sí. Últimamente el verano es mi año nuevo. Tras las vacaciones y el descanso, pongo las cosas en orden, hago limpieza, me planteo las cosas que deseo y renuevo ilusiones.

Han cambiado mi vida, mi ritmo, mis expectativas…Quienes me conocen bien y saben mi historia tendrán alguna pista. Al resto, la inmensa mayoría, solo explicarles que a veces nos pasan cosas que nos cambian para siempre. Que marcan un antes y un después de ti. Que te convierten en otra.

A las puertas del otoño, soy una mezcla extraña de ganas y cansancio, de amor y desamor, de creencia y ateísmo, de ilusión y desencanto. Una mezcla de preocupación y pasotismo, de sabiduría e ignorancia absoluta. De juventud y vejez. Una mezcla de todo y de nada.

Vamos, que comienza otro otoño calentito, y no hablo de economía (aquí no, éste es mi respiro). Los poquitos que me conocen bien saben que en realidad es donde me encuentro en mi salsa, en situaciones complejas e intensas. No hay nada peor que la falta de pasión y el aburrimiento. Antes muerta.

Pues nada. Todo ésto para decir que se acabó el verano, que quiero mucho a Paqui y a Dan, a María y a Paco y que os deseo toda la felicidad del mundo, y que espero ser testigo de ella, más cerca o en la distancia, da igual, mi corazón no conoce distancias.

No se porqué me da que me vais a dar muchos más momentos felices y estoy ansiosa de disfrutarlos con vosotros. Sois algunos de los responsables de que siga creyendo y levantándome cada mañana y cada vez con más ilusión. Felicidades.ImagenImagen

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Crisis y optimismo

ImagenParece obligado o al menos recomendable pedir optimismo en tiempos de crisis. Estoy de acuerdo, aunque yo no me definiría como una “optimista radical”. Más bien soy una “optimista realista” u “optimista práctica” , no sé.

El caso es que en esta época difícil que nos ha tocado vivir (a unos con más suerte que a otros) yo soy optimista. En todo. No sólo pienso que esta crisis tiene mucho de especulativa y por lo tanto de irreal, sino que además pienso que somos capaces de salir de ésta, mejorados. Sí. Lo bueno de las crisis, de los golpes que te obligan a apoyar la rodilla en el suelo, o incluso te hacen caer de bruces, es que te dan la oportunidad de levantarte aún con más fuerza.

Aunque los años no pasan en balde, y una está ya algo agotada, yo soy optimista, quizá a medio o largo plazo, pero optimista. Yo creo que entre tanto chorizo hay gente decente; que entre tanto capullo hay gente buena; que entre tanto maleducado hay gente sensible y dispuesta a ayudar.

Creo que saldremos de ésta, sí. De todo se sale. Es increíble la resistencia y la capacidad de recuperación que llegamos a tener incluso los más frágiles. Quizá sea la esperanza lo que nos hace seguir. Quizá el orgullo. Quizá el amor. Hay tantas cosas en las que apoyarse para seguir adelante…

Y en ese camino, que muchas veces erróneamente creo no sabemos disfrutar, llega al final esa luz que estabas esperando..Tiene que llegar, porque existe…

Yo he visto a gente muy golpeada por la vida levantarse, he visto a personas que superan la enfermedad, he visto a personas amar real y sinceramente….Solo hay que echar un vistazo a tu alrededor para volver a creer. En las personas y en el amor. Sucede. Y está ahí. Habrá que dejar de mirarse el ombligo y dejar de lamentarse. Mirar fuera y disfrutar y aprovechar todo lo que la vida nos va regalando a nuestro paso, entre golpe y golpe, que eso está en el contrato.

Durante muchos años he vivido con miedo a lo que pudiera ocurrir….Haber sido educada en la extrema prudencia no me ha ayudado mucho y mis compañeros de viaje tampoco. No estoy eludiendo la responsabilidad que es sólo mía. Por tonta.

Ahora, después del último gran golpe recibido que me ha puesto de bruces contra el suelo, levanto este cuerpo serrano, subo la cabeza bien alta, y miro a los ojos. Vuelvo a sonreir (¡¡en plena crisis!!) y vuelvo a creer. Incluso en el amor. Llegué a pensar durante un tiempo que sería imposible. Pues no. La vida se abre paso. Y yo quiero vivir, desde ahora, lo prometo, con menos miedos y más confianza. Con más ganas, porque sé lo que quiero. Y ya llegará, es cuestión de paciencia. Mientras, disfrutaré del camino.

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Tiempo de Amor

Sólo cuando me amas
se me cae esta máscara pulida
y mi sonrisa es mía
y la luna la luna
y estos mismos árboles
de ahora
este cielo
esta luz
presencias que se abren
hasta el vértigo
y acaban de nacer
y son eternos
y tus ojos también
nacen con ellos
tu mirada
tus labios que al nombrarme
me descubren.
Sólo cuando te amo
sé que no acabo en mí
que es tránsito la vida
y que la muerte es tránsito
y el tiempo un carbúnculo encendido
sin ayeres gastados
sin futuro.

Claribel Alegría

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Al rescate…

Rescate. Pobrecita.Tan bonita y tan denostada en los últimos tiempos…Tras una semana hablando de “rescate por aquí, rescate por allá” pronuncio la palabra, y a pesar de todas las connotaciones negativas recientes por la puñetera crisis económica, a mi, me gusta.

Rescate: “Liberación de un daño, un peligro o una situación difícil”. Bonita palabra, ¿no? Es precioso poder liberar a alguien de un daño , un peligro o una situación difícil. Como la definición, siempre que pienso en rescate lo ligo a “gratuidad” y nada más lejos de la realidad en los tiempos que corren. Ahora si te rescatan, te cobran por ello. Nos chupan la sangre y cuando estamos al borde del colapso, cuando necesitamos ser rescatados, aparecen pero para chuparnos la sangre aún más. Este tipo de rescates, los bancarios, no molan. Acuden a la llamada de nuestros bancos que se han estado forrando a costa de los pobrecitos ciudadanos, y después nos toca a nosotros pagarlo y encima con creces…¿Y quien nos va a rescatar a nosotros? Somos los más necesitados y nadie nos alivia la carga.

Los rescates deberían ser gratuitos. Justos y gratuitos. Todos en algún momento de nuestras vidas necesitamos ser rescatados. Nos metemos o nos meten en situaciones difíciles y necesitamos que alguien nos eche un cable. La salvación no siempre es posible. Depende del “rescatador” y del rescatado, claro.

Hay rescatadores que piden unos intereses inasumibles a cambio de una ayudita. En esos casos casi es mejor hundirse, porque si no hipotecas tu vida entera.

Hay rescatadores que lo hacen de manera gratuita. Te ayudan porqué sí, aunque luego se pasan toda la vida recordándote aquella ocasión (¿te acuerdas?) en la que “fui yo quien te ayudó  a salir adelante”.

Finalmente hay rescatadores que ni siquiera saben que te han rescatado. No saben que gracias a su intervención en tu vida, a esa palabra, a esa mirada, a esa sonrisa, evitaron aquel día que siguieras cayendo en el pozo. No esperan agradecimiento porque no son conscientes de haber hecho nada. Pero lo han hecho. Algo muy importante: rescatarte, ayudarte a cambio de nada.

En el otro lado, el de los rescatados, hay personas que se pasan la vida llorando y pidiendo ayuda. Se sienten maltratados y sin hacer nada para salir adelante, exigen ayuda, y a todas horas.

Hay personas que necesitan ser rescatadas, pero que no quieren o no pueden reconocerlo. Demasiado duro reconocer que necesitan ayuda, o por orgullo o por pudor.

Hay personas que necesitan ser rescatadas y quieren ser ayudadas, pero que no tienen cerca personas que estén en disposición de hacerlo o que tienen personas al lado que necesitan al mismo tiempo ser rescatadas y que no están para salvar a nadie.

Yo siempre me he sentido en la obligación de rescatar a todo el mundo. Y aunque muchas veces he necesitado ayuda , pocas veces lo he admitido. No es fácil para una luchadora nata reconocer que está perdiendo batallas y que necesita las soluciones que se encarga de dar a los demás.

Con el tiempo vas aprendiendo a reconocerte como eres. Fuerte, pero frágil. Con soluciones, pero muchas veces saturada y cansada y necesitada de nuevos puntos de vista. Dispuesta a rescatar, pero también a pedir ayuda y coger ese cable que en algún momento alguien lanza desinteresadamente.

Solo me queda dar las gracias a las personas que han acudido voluntaria y gratuitamente a mi llamada de socorro (aunque yo no grite ellos saben cuándo me estoy ahogando) y pedir perdón a las personas que alguna vez han necesitado de mi ayuda y no se han sentido rescatadas. Mis deseos de ayudar a veces son torpes. No soy perfecta. Pero jamás, jamás, dejo a un amigo en la estacada. Al rescate, siempre.

Y si me quieren rescatar, pues también. Aunque sin condiciones, por favor, porque pueden acabar hundiéndote en aguas más turbias de las que te rescataron.

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